Artaud (1973) — Pescado Rabioso: el vinilo que te mira de vuelta

Hay discos que no “empiezan”: te atrapan. La primera vez que puse Artaud en la tornamesa, sentí que no estaba escuchando un álbum… estaba entrando a una habitación donde alguien ya venía pensando demasiado profundo.
Cuando escuchamos Artaud por primera vez en vinilo, pasó algo raro: antes de que la música se acomodara, ya había una tensión en el aire. Ese silencio previo al primer golpe —la aguja tocando el surco, el leve hiss— se siente como una advertencia. Y entonces entra Spinetta con esa mezcla de fragilidad y filo que no pide permiso: te invita, pero también te reta. Artaud no suena como “un clásico” puesto en un pedestal; suena como una conversación urgente que sigue viva. Hay momentos suaves, casi íntimos, donde parece que la canción te habla al oído… y de pronto todo se abre, se enciende, se desordena con propósito. Es un disco que respira: se siente humano, imperfecto, intenso. Y en vinilo, esa sensación se amplifica: la dinámica, los espacios, los cambios de volumen, el peso emocional de las pausas. Lo que más me pega es que no busca ser “bonito” ni complaciente. Es poesía eléctrica: a ratos luminosa, a ratos cruda. Si vienes buscando hits, Artaud te va a ignorar. Pero si vienes buscando un álbum que se escuche completo, de principio a fin, como se escuchan los discos que importan, aquí hay una experiencia que no se deja poner de fondo. En Vinilo Tracks lo ponemos en la categoría de “discos que se ganan su lugar”: esos que vuelves a poner no por nostalgia, sino porque cada escucha te deja una frase nueva, un acorde que antes no habías notado, una emoción que te agarra en un día distinto. Artaud es de esos. Le das play… y cuando termina, te quedas un rato ahí, en silencio, como si el cuarto hubiera cambiado.